Me acerque al edificio principal, que surgía de la tierra apoyando una de sus paredes en un saliente de roca. El portón de madera labrada y claveteada estaba cerrado, como cerradas estaban sus ventanas a y atrancados sus porticones.

 

El sendero hacía la casa estaba señalado por unas losas de piedra pulida. A ambos lados de la puerta unos bancos de piedra, adosados a la pared, servirian quizá en tiempos pasados de estribo para alzarse a las caballerias, ahora eran una amable invitación al sosiego, como todo el paisaje que le rodeaba.

 

Detrás de la casa se iniciaba una suave pendiente que llevaba a lo alto de la colina, ya muy próxima, y desde ella se oteaban otras colinas que se tendian en suave gradación cerrando el paisaje al fondo la imponente masa de los Pirineos, alguno de ellos guardando aún algo de nieve en sus cimas.

 

Los robles y encinas llegaban hasta la fachada posterior  y solamente respetaban la espaciosa era que se extendía entre las dos edificaciones.