Durante años he cambiado

los atardeceres deslumbrantes

por resmas de papeles,

panoramas de letras

recorriendo con sus trazos,

más o menos armoniosos

la lisura de una página.

Con sus margenes anchos o angostos,

sus periodos ampulosos

o deslavazados.

 

Avanzando entre expedientes,

documentos, pantallas informáticas,

avizoraba la vida

que discurria o se escondía

entre ellos.

 

Yo misma participaba

de la tarea de procesar,

discernir, multiplicar,

y en ocasiones

me sentía feliz, e incluso realizada

cuando más allá de los limitados

horizontes de mi mesa.

adivinaba una repercusión positiva

en mis actos.

 

Cuando creia contribuir minimamente

a impartir justicia,

a retribuir una conducta honesta.

 

Son muchos años sin bellos atardeceres

con amaneceres en que, en lugar de buscar

la luz del sol resplandeciente,

el café y el camino del trabajo

eran mi horizonte

y mi destino.

 

De un tiempo pasado, de  un tiempo servido.