"Ella te saltará a la espalda

como una maldición.

Morderá tu cogote

envenenará tu sangre

como una maldición

hasta que su veneno

te llegue al corazón"

 

Así decía el viejo chaman que lucia alrededor del cuello como aderezo una sarta de pellejos, en el que apenas se adivinaban las pieles retorcidas de salamanquejas , como los flecos colgando de un hilo.

Estaban ensartadas por los orificios que habían ocupado los ojos, y aquella siniestra advertencia era una demostración más del poder que creía tener y del odio que lo consumía.

¿Cuantos cientos de ellas había exterminado?

A cuantos pasaban por allá les explicaba las viejas leyendas mostrándoles el ungüento, que según decía estaba hecho con sus sesos y su corazón, y  que proclamaba era el único eficaz sistema para curar el "veneno de la bestia"

El arriero le miro con aire socarrón, y murmuro.

"Antes morirás de sed en el desierto que de mordedura de lagarto, aparta a un lado, señor de las sabandijas"

La mirada que le dirigió el chaman era puro fuego.

Acabamos de cargar los fardos sobre los mulos y reiniciamos el camino, Fermín el arriero volvió a entonar su canción mientras los cascos de las caballerías seguían el camino del inca.